Llega un momento en la vida de todo aprendiz de malabares en que aprende a aprender. No es un momento de esos que hacen "click", es algo paulatino, pero un día te sorprendes a ti mismo sabiendo que puedes sacarte un truco. Y de verdad lo sabes, estás convencido de ello, sabes que ese truco que tienes en mente algún día llegará, sólo tienes que ir construyéndolo poco a poco, con mimo.
Stefan Sing describe los malabares como arquitecturas efímeras, algo en lo que coincide con Sean Gandini. Siempre me gustó esa definición, me parece muy gráfica. A los ojos del propio malabarista o de los espectadores, un truco crea una imagen en el espacio, ya sea estática (ese instante mágico) o dinámica (benditos patrones armónicos). Como toda arquitectura, esta nueva edificación debe pasar por una serie de fases, sino nunca llegará a ser.
Cuando uno decide que quiere hacer un truco en concreto, primero debe visualizarlo. Si se ha visto hacerlo a otra persona se tiene ese primer peldaño hecho, sino toca imaginarlo, visualizarlo mentalmente, lo cual es aún más estimulante. Después toca analizarlo, entenderlo, casi diría que sentirlo. Uno debe comprender bien dónde va cada bola lanzada, qué deben hacer en el aire, dónde está el cuerpo situado durante ese lanzamiento y cómo debe colocarse. Una vez entendido toca deconstruirlo, cual plato de cocina moderna. Un truco complejo tiene (y se debe dividir en) varios fragmentos más pequeños, esas piezas que, como en un lego, se pueden trabajar por separado para que después formen parte y den sentido al todo. A veces esas piezas se pueden manipular cada una por su lado para después pegarlas, otras veces una pieza sólo puede ensamblarse cuando tienes ya trabajada la base previa. Por eso es tan importante esta fase de diseño, el boceto de lo que será la construcción del truco.
Con estos elementos podemos afrontar la fase práctica, aquí toca ensuciarse las manos. Toca manipular esas pequeñas piezas aisladas, manosearlas, familiarizarse con ellas, ver cómo cobran sentido y toman forma. Puedes, tímidamente, cada cierto tiempo, echar la vista hacia arriba y ver qué aspecto va teniendo tu edificio, todo lleno de andamios y con cierto tambaleo, pero por ahora tocará volver a trabajar bien esas pequeñas piezas.
De nada sirve ofuscarse ciegamente en un truco e intentar construirlo "a lo bruto", por el tejado, sin los cimientos adecuados. Aunque doy fe de que es la técnica de algunos "machacas": probar y probar hasta que salga. A veces hay que parar y dejarlo para otro día, dejar que el cerebro procese todo eso, dejar que el hormigón frague y así se puedan poner las cargas encima sin riesgos de rotura.
Esta evolución de un truco es uno de los grandes placeres. Ese pequeño detalle en determinado lanzamiento que te confirma que podrás hacer ese truco, igual dentro de 2 años, pero sabes que siguiendo ese camino, ladrillo a ladrillo, lo conseguirás. Que aparezca una sonrisa en tu rostro es inevitable - y ha sido con tan poco- con esa bola que ha caído donde tenía que caer en el momento adecuado. Disfruto enormemente cuando consigo este "cimiento", cuando veo que puedo hacer un truco, cuando sé que ese es el camino adecuado. A veces lo disfruto incluso más que cuando ya "tengo" el truco, cuando queda pulirlo. A veces disfruto más con la construcción de la casa que con la mano de pintura de la fachada.
Luego, ¿A que llamamos tener un truco sólido? Um, eso da para otra entrada, creo.
Stefan Sing describe los malabares como arquitecturas efímeras, algo en lo que coincide con Sean Gandini. Siempre me gustó esa definición, me parece muy gráfica. A los ojos del propio malabarista o de los espectadores, un truco crea una imagen en el espacio, ya sea estática (ese instante mágico) o dinámica (benditos patrones armónicos). Como toda arquitectura, esta nueva edificación debe pasar por una serie de fases, sino nunca llegará a ser.
Cuando uno decide que quiere hacer un truco en concreto, primero debe visualizarlo. Si se ha visto hacerlo a otra persona se tiene ese primer peldaño hecho, sino toca imaginarlo, visualizarlo mentalmente, lo cual es aún más estimulante. Después toca analizarlo, entenderlo, casi diría que sentirlo. Uno debe comprender bien dónde va cada bola lanzada, qué deben hacer en el aire, dónde está el cuerpo situado durante ese lanzamiento y cómo debe colocarse. Una vez entendido toca deconstruirlo, cual plato de cocina moderna. Un truco complejo tiene (y se debe dividir en) varios fragmentos más pequeños, esas piezas que, como en un lego, se pueden trabajar por separado para que después formen parte y den sentido al todo. A veces esas piezas se pueden manipular cada una por su lado para después pegarlas, otras veces una pieza sólo puede ensamblarse cuando tienes ya trabajada la base previa. Por eso es tan importante esta fase de diseño, el boceto de lo que será la construcción del truco.
Con estos elementos podemos afrontar la fase práctica, aquí toca ensuciarse las manos. Toca manipular esas pequeñas piezas aisladas, manosearlas, familiarizarse con ellas, ver cómo cobran sentido y toman forma. Puedes, tímidamente, cada cierto tiempo, echar la vista hacia arriba y ver qué aspecto va teniendo tu edificio, todo lleno de andamios y con cierto tambaleo, pero por ahora tocará volver a trabajar bien esas pequeñas piezas.
De nada sirve ofuscarse ciegamente en un truco e intentar construirlo "a lo bruto", por el tejado, sin los cimientos adecuados. Aunque doy fe de que es la técnica de algunos "machacas": probar y probar hasta que salga. A veces hay que parar y dejarlo para otro día, dejar que el cerebro procese todo eso, dejar que el hormigón frague y así se puedan poner las cargas encima sin riesgos de rotura.
Esta evolución de un truco es uno de los grandes placeres. Ese pequeño detalle en determinado lanzamiento que te confirma que podrás hacer ese truco, igual dentro de 2 años, pero sabes que siguiendo ese camino, ladrillo a ladrillo, lo conseguirás. Que aparezca una sonrisa en tu rostro es inevitable - y ha sido con tan poco- con esa bola que ha caído donde tenía que caer en el momento adecuado. Disfruto enormemente cuando consigo este "cimiento", cuando veo que puedo hacer un truco, cuando sé que ese es el camino adecuado. A veces lo disfruto incluso más que cuando ya "tengo" el truco, cuando queda pulirlo. A veces disfruto más con la construcción de la casa que con la mano de pintura de la fachada.
Luego, ¿A que llamamos tener un truco sólido? Um, eso da para otra entrada, creo.








